Hay que Sentarse en el Agujero Interior
Roger tenía dos guardias muy apuestos y bien vestidos para la ocasión especial que a él tenía como protagonista. Lo habían esposado, sacado de su celda –la número 38, por si a algún aficionado a las quinielas le interesa saberlo- lo habían conducido por el pasillo lateral del Ala 2, y finalmente lo habían dejado en las buenas manos de Mark, el Jefe de la Sección Ejecuciones, quien amistosamente lo convenció que pasar a ser el mono de circo del espectáculo de la muerte, que aguardaban impacientemente 80 testigos de la resolución judicial, era la mejor opción… dolor y consecuente sangrado de la nariz mediantes.
Una vez en la cámara de ejecuciones, que como era costumbre en el Condado de Westville se encontraba totalmente vidriada y separada por un vallado bajo de hierro del resto del auditorio, Roger tuvo la certeza al mirar a su verdugo, de que perogrullesca y estúpidamente no iba a morir, al menos de momento.
La gente que copaba el auditorio, rugía y hablaba de diversos temas ya que, la muerte próxima del bolchevique de turno era ya uno mas de los temas que podían las familias decentes de Charleston dirimir entre amigos o en alguna reunión familiar los domingos de la calurosa primavera, algo así como: “¡Hola John! ¿Cómo estás? ¿Siempre usando esa corbata arrugada para ir al bar de Louis, eh? ¿Viste ayer a los Apalachees apalear a los Medias Rojas? ¡Increíble, cuatro Home Runs en sólo media hora! Casi tan patético como el idiota de Billy Marciano friéndose los sesos anteayer. ¡Nunca vi a un comunista chillar tanto desde que frieron los sesos de Gregory Sullivan el año pasado, ja, ja, ja! Una pena que por tener que ver a ese imbecil me perdí el cuarto de hora libre de almuerzo en la fábrica…” Ya sabe, cosas por el estilo.
Decir auditorio, en este caso, sería mas acertado que expresarse diciendo público ya que, si bien en ambos casos se trataba de gente que asistía al evento, los moribundos suelen empañar con el sudor caliente el vidrio y lejos de verlos, las personas tienden mas a vitorear sus últimos y desfallecientes aullidos.
Volviendo a Roger, éste, luego de que se le desataran los botines y se le quitara cualquier elemento de goma, caucho, o factible de impedir la libertad de correr libremente sin censuras que tiene la electricidad por los cuerpos judicialmente destinados, se encontró felizmente situado junto a una especie de asiento de avión muy incómodo. Esperándolo con una no visible pero sostenida y muy perceptible sonrisa, estaba el encapuchado o, en la jerga carcelaria, La Parca. Parecía del Ku Klux Klan, con su capucha cónica… negra, como aquella calurosa noche. Algo le decía a Roger que la muchedumbre que arrojaba palabras certeras como Comunista de Mierda, Rojo Marica, Siervo del Diablo Rojo, Traidor, Miserable, Maldito Miserable, Maldito Puerco Miserable y Gusano Hereje, y otras delicias mas, no lo apreciaba demasiado que se dijera. Aunque ser popular entre los sureños no era su razón de vivir precisamente.
Los fusibles saltaron por vez primera. Era la señal que aguardaba el “freidor de sesos” para obligarlo tiernamente con un escupitajo recto y directo al rostro a que se sentara en el trono de la muerte.
Luego del prolegómeno, que incluía las palabras del reverendo Le Fleur, el atado firme e inmovilizante de piernas, pies, manos y brazos, y el trato cordial y siempre bien ponderado de los guardias de turno, Roger Travis decidió hablar antes de que se le introdujera el absurdo protector bucal (¿Por qué alguien que va a morir electrocutado necesitaría un protector bucal? ¿A quién mierda le importaría preservar sus dientes?).
- Pronostico que no moriré electrocutado este día. No sólo porque la palanca se atascará, sino porque Dios sabe que soy inocente. Es mas… probaré mi inocencia acerca de los cargos que se me imputan alegando que el Señor me salvará, como a Daniel de entre los leones del foso -
Silencio de muerte en todo el lugar.
Súbitamente, mientras tanto el reverendo Le Fleur como el Jefe de Sección y la mitad de las personas invitadas al feliz evento vociferaban maldiciones contra el hereje y sucio bastardo comunista que blasfemaba como un cerdo pecaminoso (o al menos algo por el estilo), la otra mitad –debido al conocido cristianismo devoto, casi fanático, de Charleston- se acongojaba, se persignaba, rezaba velozmente unos Glorias y Padrenuestros para conjurar el Mal o para pedir por el alma extraviada del futuro muerto.
El caso es que, tras un silencio que se produjo con dificultad en el lapso de más o menos quince minutos, la sentencia fue a ejecutarse… sorpresivamente.
Sin explicar si era la falta de fuerza o qué motivo, el verdugo no pudo bajar la palanca para permitir el paso de la corriente a través de los cables principales alojados en la columna vertebral de Roger. La palanca, como éste predijo, parecía atascada.
Si bien el artefacto se desatoró y la gente suspiró aliviada (y no porque les fuera a pasar nada a ellos), un guardia comprobó que los fusibles que debían en ese instante estar permitiendo la libre circulación de electricidad por el cuerpo de Travis, estaban quemados por completo, fundidos, o recalentados… Roger no podría ser electrocutado allí.
La gente enmudeció con la noticia. Hubo cabezas gachas y sombreros quitados de las cabezas. Los guardias y hasta el Jefe de Sección comenzaron a preguntarse cosas. Quizá Roger quería o de hecho, iba a ser salvado por nada más ni menos que el Señor en persona. Quizá Dios había establecido, por otro de sus misteriosos caminos, que la inocencia del comunista a ejecutar fuera evidenciada por la comunidad. Tal vez Roger era algo así como un elegido o protegido de Dios, por alguna razón que los mortales no podían comprender.
Quizá, mientras Mark ordenaba que, hasta que se sustituyeran o arreglaran los fusibles y circuitos del artefacto, Roger Travis sería devuelto a su celda, nadie se diera cuenta que la sonrisa franca y alegre del casi muerto se justificaba con un par de tuercas y un cable corto y medio pelado que retenía en su mano izquierda, muy recientemente arrancado.
Probablemente nadie hubiera predicho, ni el mismo Travis, que el reverendo sacaría un arma de entre las ropas del guardia a su izquierda y ante todos los testigos habidos y por haber le asestara cuatro balazos en el pecho al condenado y dos a la pared por falta de práctica, dejándolo morir casi al instante con su sonrisa de liberadora vida nueva aún flotando en su cara ensangrentada. Mucho menos, alguien hubiera dicho que en algún instante el reverendo Le Fleur, siempre tan flemático y amoroso, exclamaría luego del anonadante homicidio que si alguien tenía que confesar que en verdad había oído el llamado liberador del Señor, era él.
miércoles, 22 de octubre de 2008
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