LA COCINA DE LA FIESTA
Ana Laura cocinaba con una apacible visión, producto, fundamentalmente de su apacible vida y del tranquilo y muy manso pollo al spiedo, ya por la quinta vuelta lenta. En el ínterin tuvo en mente abrir la ventana, por cierto exageradamente grande para las dimensiones del cuarto, a fin de poder ventilar el ambiente de la baranda imbancable a pollo y a papas fritas que se había acumulado a su alrededor.
No lo vio. Casi de la nada, y por la misma ventana, casi como si lo hubiera adivinado, Ana Laura fue brutalmente sorprendida por un sujeto que, de un salto, se le abalanzó a través de la ventana de para en par, volteándola al suelo y cayendo éste sobre la desprevenida mujer.
Metro ochenta de altura, vestido de negro de pies a cabeza, con un pasamontañas haciendo juego, ojos celestes vítreos a lo Klaus Kinski… era demasiado para que la víctima no gritara, sudara, se desesperara, llorara, y cerrara los ojos esperando que todo fuera una broma de la mente.
El final se acercaba, presintió Ana Laura. Desde una cartuchera muy larga, un treinta y ocho con la que el sujeto estaba calzado, es asida por su diestra y apuntada al techo.
Un instante, un suspiro, un respiro, y una mirada extraña (y desconocidamente conocida) de parte del “homo terribilis” encima de la señorita.
Los disparos buscaron el techo, como intentando dar una nota de alegría a la situación, y al pleno grito de - ¡Feliz Cumpleaños, Carajo! - mas tiros al aire a lo mejicano, aunque sin el consabido aullido tan característico en estos casos, sonaron como una burla para la joven.
La salutación por su natalicio número 30, se repitió en voz más baja, con la mirada del encapuchado clavada en la de una no tan asustada (ahora) cumpleañera. Mientras, efecto del esfuerzo de desacostumbrado atletismo del salto por una ventana, jadeaba el hombre, repitió el saludo, aunque agregando un rarísimo - ¿No me reconocés, Ana Laura?
Con más elementos para poder distinguir al imaginativo sujeto con que Ana Laura se había casado hacía tres años, no hubo más respuesta que alzar una tapa de olla que tenía en la mano antes de caer al suelo, y destrozarla en la moldeable mollera de Juan Ignacio.
¡Ay, ay, ay, ay, ay te faltó nomás, pelotudo! ¡Encima que me cagué en las patas, el pollo para la cena de dentro de un rato se me quemó por tu culpa, idiota!
POP ART
De repente, la vio entre medio de dos obras de Tøre Flogersson. Fue casi inmediata su reacción de asombro, o en realidad, su sensación de que ella simplemente no encajaba en lo absoluto en el contexto espacial y cultural en el que, por alguna extraña y desconocida jugada del azar presente en el universo, se encontraban ellos dos solos en metros y metros cuadrados, luminosos pero vacíos (al menos, de personas). Desde un banco cómodo, de una sola pieza, blanco marmolado, elaborado con un criterio claramente minimalista, a unos pocos metros detrás de la jovencita, el señor Stepeniak, con un habitual y generosamente elegante amalgama de conjunto de saco café con leche, camisa de seda, pañuelo a tono con el pantalón impecable de sarga, miraba detallista y muy intrigado de arriba abajo a la joven que, a su vez, no ocultaba su interés permanente en un retrato especialmente suave y de gran calidad del principal expositor, a la par que arruinaba su apostura para pegar un aparente chicle (verde limón, por el color) debajo de un banco igual al usado por el sujeto.
Por alguna desmotivada idea, fruto de un ocioso acto de absorta observancia de la muchacha, a Stepeniak (Jorge Stepeniak, de hecho) le surgió de improviso levantarse de su minimalista asiento e ir a departir con la joven, aunque fuera del clima.
En este caso, debido a no se sabe qué extraña costumbre, bastante inmadura por cierto, la joven a la cual se sentó al lado Stepeniak, iba vestida con diversos elementos bastante disonantes entre sí: medias finas y estilizadas de encaje, zapatillas deportivas, una pollera corta de jean, blusa oscura y rasgada con algún cierto grado de intensión creativa no muy clara; y por lógica, su cabello era muy brillante y oscuro, de rulos imperceptibles, y su maquillaje notoriamente reforzado por saturación y por la palidez enfermiza la asemejaba un tanto a la Morticia Addams de Angélica Houston. De buen ojo, tanto para el arte como para la ropa o indumentaria, Jorge se percató que la discrepancia insultante de la ropa de su nueva vecina en el museo, era proporcional directamente a la marca de la indumentaria: medias finas que (además de ser Cocot “Gatopardo”) enfundaban poco menos que la envidia de Andrea Frigerio, las zapatillas no bajarían los US$ 250 en cualquier zapatería decente, la pollera y la campera eran así también de marca y costosas por seguro, y entre otros detalles, intuía que el make-up, perfume, y enseres femeninos a la vista, por lo menos eran unos US$ 370 de buen Révlon. La conclusión a la que arribó es que, probablemente, fuera una especie histriónica de hippie con desvaríos nostálgicos del Di Tella (que por edad, seguramente nunca hubiera conocido ni de nombre), y que dinero no le faltaba en su “bohemia”.
Sin embargo, tal como habría hecho en otros casos, decidió Stepeniak romper un delgado hielo que les separaba para responder a varias preguntas que en su mente rondaban. Poco original, mas ante la increíblemente constante mirada fija de la joven en el cuadro, no se le ocurrió preguntar mucho al hombre.
- Disculpe, no, señorita, pero… me preguntaba si… era… admiradora de la obra del maestro Flogersson – y enmudeció con un silencio sin respuesta de alguien que ni osaba mirarlo.
La pregunta, quizá por triste experiencia, suscitó en la joven algo similar a lo que otras de su edad sienten cuando, en un pub o discoteca, un hombre les pregunta si van allí siempre o no, en plan de algo parecido a una versión distorsionada de galanteo.
Respondió: - De hecho, no tengo ni idea de quien es. Debe ser bueno… por el cuadro en sí, que es lo que me lleva a mirarlo a él y no a vos, por ejemplo –
Eso era cortante como pocas cosas; pero Jorge siguió preguntando tonterías que, al parecer no brotaban de sus labios con mucha dificultad, como si estuviera acostumbrado a hacerlo con regularidad, sólo que ahora vinculadas al cuadro en sí, con las que al menos, no hubo roces ni insultos subterfugios. A unos minutos de iniciada la conversación, el hombre preguntó el nombre de la joven.
- Aranzazú – por primera vez desatendió el cuadro y lo miró con frialdad, frente a frente sentados – Kesselring – agregó.
- ¿Kesselring? – repitió Jorge, y adivinó como si lo hubiera sabido - ¡Ah! ¿Por casualidad es Usted pariente de Rafael Isaac Kesselring, el dueño del restaurante Ompteda? –
- En efecto – de brazos cruzados, pero aún así mas abierta, prosiguió – en realidad de “los” Ompteda. Vos me supongo sabrás… el de Alvear, el de Gorriti casi Newbery, el de Avenida de los Incas… Si, es mi tío – cerró extrañada. A su vez, preguntó: - Vos no habías dicho tu nombre ¿O sí? –
Siendo usualmente muy cortés, la observación le forzó a Jorge a dar su nombre completo, su título de escribano, y su domicilio (bastante oneroso) de Virrey del Pino casi Cabildo.
Ya esbozando una sonrisa, cruzando con notabilísima femineidad las piernas, e inclinándose para agarrarse del banco, Aranzazu habló de nuevo: - ¿Por qué se acercó hasta aquí a conversarme? Es decir, se te veía muy cómodo a unos… once o doce metros del banco que ahora compartimos –
Ante la perspectiva de que esa pregunta fuera una indirecta forma de recordarle una adecuada distancia, Jorge optó por creer ante todo que Aranzazu era humana, dado que, a once o doce metros y todo, se había percatado de su existencia. Así, él contestó: - En realidad… no sé a cuento de qué intenté hablar con usted, señorita Kesselring –
- Tuteame, Jorge – interrumpió la joven.
- Bueno… a hablar con vos. Creo que fue el ambiente y… no sé, la verdad – sonando algo lastimero.
- Yo sí sé – surgió explicativa, casi didáctica, Aranzazú (asombro del hombre). – Me ves así y no encajo en un museo ¿no? –
Con franqueza, el hombre asintió con la cabeza, y pareció distenderse.
- Decime algo… Me viste, ¿no?, y ¿con qué onda te pensaste que curtía? – acotó la joven.
- Siéndote franco, no me decidía entre un… estilo un poco dark o algo de hippie ¿Te es importante como me hayas parecido? – dijo suelto Stepeniak, con mirada y gesto atento.
- Las primeras impresiones cuentan de una siempre, y en todo, Jorge – exclamó abiertamente. – El problema se suscita cuando se pretende encasillar algo o alguien dentro de un estilo, un look... –
Quizá extrañado por su contestación (mas por la supuesta claridad de pensamiento demostrada que por otra cosa), Jorge atinó a preguntar qué intentaba decirle la joven.
- ¿Viste bien, es decir, con todos los sentidos, este cuadro justo frente a nosotros, Jorge?- ante la afirmativa del hombre, Kesselring cerró la charla: - Bueno, es algo… similar. Para determinadas personas, es mejor que se lo mire a unos once o doce metros después de un tiempo de contacto prudencial -.
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